Primera situación.
La señora Eugenia se dispone a comprar, entra en su supermercado de toda la vida y va llenando el carrito con toda la serie de productos necesarios para reponer su nevera y armarios. Según se acerca a la caja, observa a otro comprador, realizando su pago, y para sorpresa de todos los clientes, equipado con una máscara anti-gas. Sorprendidos, todos le preguntan si tiene la famosa Gripe – A o algún problema respiratorio. A lo cual, el les saca de dudas:
- Pues veréis, hace unos días, visité a un curandero y este me leyó los posos del café y me dijo que la esquizofrenia es contagiosa y yo no me quiero contagiar. – Concluyó el tipo.
Segunda situación.
Joana tenía molestias respiratorias, con tos, por lo que se dirigió al médico a fin de que le indicara cual era el problema. El doctor, tras examinarla y comprobar sus costumbres como fumadora, dictaminó una bronquitis, recetándola para ella.
Joana se dirigió nuevamente a su centro de formación profesional y tras explicarle al profesor lo sucedido y entregarle el informe del médico para que no le pusieran falta de asistencia, pensó en dirigirse a su sitio, pero para su sorpresa, el profesor, no entendió que BRONQUITIS y GRIPE son cosas diferentes, por lo que ordenó al resto de alumnos que se pusieran mascarilla y expulso a Joana de la clase para que guardara cuarentena.
Releyendo ambos casos, me doy cuenta que al fin y al cabo no son tan diferentes. El primero, por desconocimiento y por hacer caso a quien realmente no tiene ni la más puñetera idea, se auto castiga a llevar una máscara por la calle, que realmente no le salva de nada, pero al menos en su ignorancia no hace daño a nadie. Y en el segundo por la misma ignorancia y por escuchar a todos esos medios escritos alarmistas, expulsó a una joven de 19 años de una escuela por una enfermedad que no tiene y de pasó generó la alarma en las familias de sus compañeros.
Como dirían las autoridades sanitarias:
Que no cunda la alarma....
Bueno... pues que cunda.



